Es sólo tiempo

Amanezco envuelta en mi edredón que compré con uno de mis primeros sueldos. Le tengo una cercanía especial. Lo compré una talla más grande de lo que correspondía para la medida de mi cama. Me gusta envolverme una y varias veces. Sentir que el edredón me cubre por completo, no importa cual sea el movimiento que haga mientras duermo. Me da seguridad. Es como un abrazo de gigante. Casi como volver al útero de mamá. Donde no hay recuerdos…cosa que nunca comprenderé.

Amanezco y volteo a ver mi altar y los rostros dulces de mis maestros. Los miro todas las mañanas con la emoción de la primera vez. Converso con sus fotos como quien cuenta un secreto y ellos son mis cómplices. Y les digo recurrentemente “Falta poco”. Y siento que mi estómago se contrae como si tuviera algo que aportar.

Siento que este viaje cierra una etapa en mi vida. Y no se cuanto haya aprendido, cuánto haya fallado, cuánto me lamento, cuánto me conozco a mis 28. Sólo se que he emprendido un viaje de reconocimiento. Una aventura difícil pero deliciosa que me regala pedacitos constantes de conciencia.

Quisiera tomarme un café y un pedazo de torta con cada una de las personas que se cruzaron en mi camino durante estos casi 11 años que vivo en Lima. Pero hay muchos que ya no están. Que por temporadas fueron parte de mi centro y hoy sólo los veo pasar y luego sonrío. Quisiera decirles cuanto los amo y cómo les agradezco su compañía. A veces recuerdo conversaciones insaciables con algunos de ellos. Recuerdo amaneceres y despertares. Recuerdo con la calma cómoda de quien observa la lluvia. Este repertorio de gotas a destiempo que hipnotizan.

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